CREATIVIDAD Y FE

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La crónica menor

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

La fe encuentra su mejor argumento en el testimonio más que en la doctrina. Este año 2020 que termina ha sido un test importante para calibrar la fortaleza de la vivencia cristiana y eclesial en medio de un mundo desorientado y desnudado por la realidad del coronavirus que ha puesto en evidencia lo descosido de lo que parecía intangible en el mundo hodierno. Me refiero, preferentemente en esta ocasión, a los muchos testimonios surgidos de los de a pie, de los creyentes que han visto en la pandemia una oportunidad para poner en alto la razón de ser del seguimiento de Jesús que no es otro que el servicio a los de la periferia y a los descartados.

En el imaginario colectivo se tiende a pensar que el tiempo de la religión pasó, y que el vigor del cristianismo va en mengua. Ciertamente que existen escándalos y situaciones que debilitan a unos y envalentonan a otros para denigrar. Pero es también cierto que se han asumido con trasparencia y valentía esos males y que la postura de tolerancia cero del Papa Francisco deja en claro la necesidad de conversión permanente y de purificación de los lodos que se han incrustado a lo largo del tiempo.

En el escenario venezolano, a la crisis sanitaria se une la terrible crisis social de la que no se vislumbra una salida fácil ni inmediata. Se enquista un régimen al que la dignidad y respeto de la vida le dice poco, y los controles sociales no van en la dirección de una mejor vida ciudadana sino en atornillar el poder a cualquier precio. Somos testigos de las muchas iniciativas surgidas a raíz del confinamiento para estar cerca de las necesidades reales de la gente y acompañar sus procesos con los gestos propios la Iglesia. Los programas sociales, multiplicados por la generosidad de la gente más que por la abundancia de recursos, el servicio desinteresado sin afanes de proselitismo ni de fidelidades por lo que se recibe, la apertura a la pluralidad de pensamiento, de creencia, de inclinación social o política, es muestra clara de que la auténtica fraternidad se construye en la actitud samaritana, en el perdón y la reconciliación, más allá de la exclusión, la violencia y el odio.

El servicio pedagógico del acompañamiento va en varias direcciones. La urgencia humanitaria privilegia el recibir más que en el dar, porque no es la dádiva del que tiene al menesteroso, sino sobre todo, la convicción de ver en el necesitado el rostro sufriente que llama a la conversión y a la búsqueda de las causas que lo originan. También, hay que resaltar los protocolos de bioseguridad implementados por la Iglesia en los que sobresale el servicio, cuidando para cuidar mejor, y el cultivo de una cultura comunitaria de atención de los unos para con los otros. Es mucho más realista que los períodos de flexibilización y restricción que no parece rindan frutos auténticos y veraces.

Hay titulares que achacan a la falta de seriedad en las zonas populares que irrespetan las normas elementales del distanciamiento para evitar los contagios. No es cerrando los templos ni bajando la Santamaría, clausurando los procesos educativos o los programas de atención a la gente. La experiencia nos está diciendo a gritos que la seriedad con la que se mantienen de forma novedosa, con los medios que las nuevas tecnologías y la desbordante creatividad de los servicios pastorales, religiosos, sociales, educativos y de promoción integral se ha remozado y sigue buscando nuevas formas efectivas de presencia.

La navidad es la constatación de que la fragilidad del pesebre y el hacerse uno como nosotros del Dios humanado es la fuerza transformadora que evidencia el vigor de la ternura, de la paciencia, del amor verdadero que abre horizontes a la esperanza de transformación del mundo que sin la participación de todos, en igualdad y equidad no es el camino de la paz ni de la felicidad que nos deseamos en navidad y año nuevo. Que el Niño Dios nos haga vivir la familiaridad que anhelamos para todos sin distinción. Feliz navidad.

79.- 23-12-2020 (4033)