In memoriam: PADRE AMADOR MERINO GÓMEZ SDB

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Foto: Alejandro Pernía

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

En medio de la pandemia del Covid-19, impidiendo que le rindamos la despedida que se merecía, partió a la casa del Padre, Amador Merino Gómez, sacerdote salesiano, cargado de años y méritos. Su vida presbiteral la realizó plenamente en Venezuela, tierra a la que amó y sirvió con ilusión, entrega y testimonio ejemplar. Los achaques de los años fueron mermando sus fuerzas, aunque quiso prestar sus servicios hasta que se vio imposibilitado de valerse por sí mismo. Sus hermanos, lo trasladaron a la casa “Fraternidad y Vida, señor Julio Ziegler”, en el alero del santuario de Don Bosco en Altamira, donde recibió los cuidados y el cariño a que se hacen acreedores, los que por edad o enfermedad, requieren de la atención médica y de afecto. Tuve la gracia de visitarlo hace apenas quince días, cuando el Padre Álvaro Salas me comunicó lo delicado que se encontraba.

Son muchos los momentos que me unieron al Padre Merino, desde los lejanos años de la preparación del primer viaje papal a Venezuela, a finales de 1984. A la sazón se desempeñaba, entre otras, como responsable del departamento de comunicación social de la Conferencia Episcopal Venezolana. Su pericia y dedicación nos permitió conformar un excelente equipo para la difusión de la Misión Nacional y la presencia de Juan Pablo II (1985). Su espíritu conciliador, trabajador incansable, su disposición a colaborar y dirigir el ingente trabajo de entonces, amalgamó una amistad que creció en el tiempo.

Deja para la posteridad, no sólo la estela de su testimonio, a lo que hay que agregar la pluma de investigador, compilador y editor de parte de la historia de la familia salesiana en Venezuela. Sendos libros son parte de la memoria viva de lo que los hijos de Don Bosco han realizado desde su llegada a Venezuela hasta nuestros días. En su último destino fuera de Caracas, estuvo un año en Mérida en la comunidad del Colegio San Luis y colaboró en el Seminario como confesor. Recibo como precioso regalo, su cercanía y colaboración permanente en varios de los encargos pastorales que compartimos.

El padre Amador nació el 8 de diciembre de 1935, poco antes de iniciarse la fratricida guerra española, en la población zamorana de Villaveza del Agua, hijo de Salvador Merino y de Piedad Gómez, donde recibió las aguas bautismales en la iglesia parroquial de San Salvador, ante la imagen del Cristo de los afligidos. Allí realizó sus primeros estudios para pasar a los seminarios salesianos de Astudillo (Palencia) y Arévalo (Ávila). En esta última localidad es muy apreciada la presencia de las obras salesianas. Hizo su primera profesión religiosa en la Sociedad de Don Bosco el 16 de agosto de 1954 en la pintoresca finca de Mohernando en El Encinar de Guadalajara. Termina allí su periplo hispano para comenzar la aventura de hacerse venezolano bajo el carisma salesiano.

Llegó a nuestra patria en octubre de 1954 y hasta su muerte, el 31 de marzo del 2020. Su formación filosófica, en la casa salesiana de Altamira, sacando a la vez el título de maestro normalista. Los dos años de tirocinio, etapa de aprendizaje para el carisma de educador de juventudes, lo realizó en el Colegio Domingo Savio de los Teques y en el Colegio San Luis de Mérida. De 1960 al 64, después de emitir sus votos solemnes en la congregación, fue enviado a cursar la teología en la localidad siciliana de Messina, donde recibió las órdenes menores y mayores hasta el presbiterado, el día de San José de 1964.

Regresa a Venezuela, ejerciendo el ministerio en Altamira y San Antonio de los Altos. Su afición por la comunicación la ejerció al encargarse del Boletín Salesiano, que compartió con los estudios de comunicación social en la Universidad Católica Andrés Bello, obteniendo el título de licenciado, alternando el tiempo con la atención a los jóvenes aspirantes al carisma salesiano. Desde 1980 formó parte del Secretariado Permanente del Episcopado como director del Departamento de Información y Medios de la CEV. Muy apreciados sus servicios en la Nunciatura Apostólica desde 1993 hasta el 2009. La última década de su vida la dividió entre la Casa Inspectorial de Boleíta y la parroquia de Altamira.

La iglesia venezolana en unión de su congregación religiosa tiene mucho que agradecer a este siervo bueno y fiel, sencillo y cordial, que entregó lo mejor de sí a la sociedad venezolana. Esperamos que pase este período de confinamiento social para ofrecer y compartir mesa eucarística con la memoria de su vida, ejemplo para las actuales y futuras generaciones. Descanse en paz.