La crónica menor: OCIO Y TRABAJO

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Foto: Alejandro Pernía

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

“El trabajo lo hizo Dios como castigo”, es la letra de una vieja y popular canción que expresa lo que mucha gente piensa. En el imaginario colectivo, atizado por algún desprevenido predicador del libro del Génesis, ha interpretado torcidamente el pasaje de la “maldición” a Adán y Eva por haber transgredido el mandato de no comer del fruto prohibido. Una cosa es lo “trabajoso” del trabajo, y otra el disfrute del mismo. La clave está en el amor. Cuando hacemos una labor cualquiera con gusto aunque exija esfuerzo y sacrificio, lo disfrutamos y el cansancio aparece tarde. Pero cuando la rutina de lo diario nos hace aburrido o pesado el trabajo cotidiano, así lo realicemos sin mayor esfuerzo, se convierte en una pesada losa que deseamos desaparezca.

La pandemia del Covid-19, ha puesto en positivo el trabajo, pues el confinamiento al impedir ir a ganarse el pan de cada día, conduce a valorar la trascendencia que nos hace crecer, madurar, compartir y tener ganas de vivir, pues sin el trabajo el ocio, la desocupación forzada no genera alegría. Los flojos que se recuestan en la estulticia de quienes los rodean han existido siempre. San Pablo le recrimina a un grupo de tesalonicenses su inercia porque se agarraron de la predicación del apóstol quien insistía en la inminencia del fin del mundo para afirmar que era inútil trabajar. Estos buenos señores se sentaron en las puertas de sus casas a esperar que llegara la parusía, y pedían a los vecinos que los alimentaran. San Pablo sin pelos en la lengua les dijo “el que no trabaja que no coma”.

El trabajo no es una realidad exclusivamente profana, hay que integrarlo en la vida del cristiano. Theilard de Chardin afirmó que le parecía que nueve de cada diez cristianos practicantes consideran el trabajo como un estorbo espiritual. Es la consecuencia de la mentalidad heredada de Platón y Aristóteles para quienes el trabajo era propio de los esclavos, mientras que los hombres libres debían dedicarse a cultivar el espíritu. Contrasta con la enseñanza evangélica del valor positivo del trabajo manual que durante años desarrolló San José junto a su hijo Jesús en el taller de Nazareth.

Cierta mentalidad heredada de tiempos inmemoriales considera que se quiera para los hijos que lleguen a ser doctores en cualquier rama, y no artesanos necesarios para que los “doctores” puedan ejercer bien el ejercicio de su campo. Si mal no recuerdo, leí una encuesta que decía que en Venezuela había más médicos que enfermeras, porque esta última tenía poca clientela por no ser un oficio de caché. Lo mismo pasa con otras profesiones. Un buen ingeniero requiere de mejores maestros de obra y obreros especializados…

El trabajo es la forma más digna de obtener el sustento diario. Las políticas populistas que promueven programas para “regalar” comida o cualquier otra necesidad, no tiene otro objetivo más que crear parásitos, adeptos a la causa, por la bondad del donante. Es como el hijo que no se va de la casa porque tiene asegurado el sustento de sus padres. Un grafiti que tengo registrado ponía: “vive de tus padres hasta que tus hijos te mantengan”. Generar dependencia es el instrumento habitual de dominadores, afirmó la Conferencia Episcopal Española.

El trabajo está vinculado a nuestra realidad terrena, pero, ¿tendrá sentido después de la muerte?

El Concilio Vaticano II nos dice que “todos los frutos buenos de la naturaleza y de nuestro esfuerzo…volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (GS, 39). El ocio entendido como vagancia no tiene cabida en quien se precie de ser humano. El ocio, el descanso, tiene sentido cuando es el reposo merecido por la labor realizada. Es ahí donde tiene sentido la fiesta y el compartir.