La crónica menor: SEMANA SANTA INÉDITA

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Foto: Alejandro Pernía

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Estamos a las puertas de iniciar una semana santa “inédita”, “inusual”, que no es para estar perplejos o indecisos. Es una oportunidad para valorar más y mejor lo que significa” la ausencia de lo usual”, que nos lleva a darnos cuenta de lo importante que es la nostalgia y necesidad de lo realmente valioso. El Papa Francisco en la tarde del Viernes de Concilio, ha querido «entrar” en el hogar de todos, en un momento difícil para expresar su cercanía y afecto. Escudriñemos en el sentido trascendente de vivir estos días, tal vez, con mayor ímpetu y fe, para que alumbre el camino del futuro cercano, cuando volvamos “a la normalidad”, que no debe ser tal, pues exigirá repensar y reprogramar casi todo, para que la lección sea provechosa.

El espíritu misionero y la creatividad de muchos creyentes nos ha regalado una serie de subsidios para que vivamos la semana santa en casa. Son muchas y variadas las iniciativas que a través de las redes están llegando. Bendito sea Dios. Sin embargo, es bueno hacer memoria. Los momentos difíciles, la ausencia de presbíteros para la eucaristía, las trabas a causa de fenómenos naturales o de los obstáculos que pone la sociedad, han sido pan nuestro a lo largo de la historia. Nuestros mayores, pensemos en el lejano oriente donde la fe cristiana se mantuvo por siglos gracias a la trasmisión del evangelio en el hogar, al calor de las familias, en la ayuda mutua de comunidades que se comportaron como la buena semilla que dio fruto abundante porque fue regada por la gracia divina que, misericordiosamente, anima y consuela a quienes se conservaron fieles a lo que un día sembraron misioneros intrépidos.

No hay que ir muy lejos. La fe en la Venezuela decimonónica, milagrosamente se mantuvo y creció en ausencia de sacerdotes y misioneros. Sólo en algunas de nuestras ciudades y pueblos, a diario o esporádicamente, se contó con algún sacerdote que podía celebrar los sacramentos. La evangelización, la catequesis, las lecturas devocionales, porque el manejo de la Biblia no estaba tan difundido como ahora, quedó en manos de la feligresía. Mamás catequistas, rezanderas/os que presidían celebraciones, en el bautismo -“echar el agua”- o en los velorios y aniversarios de difuntos. Hombres cofrades que se encargaron de mantener viva las tradiciones procesionales con rezos, cantos apropiados, cuido y mantenimiento de los templos. Los pesebres o nacimientos, los aguinaldos, las semanas santas, las fiestas patronales, las actividades comunitarias para pedir lluvia, ausencia de plagas, buenas cosechas, y tantas otras, son “el milagro” que “en estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han trasmitido según sus modos culturales propios” (EG 116).

Me he sentido enriquecido con la variedad de expresiones de fe popular que he encontrado en los pueblos llaneros y en las montañas andinas. Verdaderos maestros de una fe viva y esperanzada. Las tradiciones navideñas, la cruz de mayo, las novenas, las salves a la Virgen y a los santos, los responsos a los difuntos, unas veces cantados en latín “macarrónico” pero inteligible, los “monumentos”, especie de creaciones artísticas con objetos sencillos para “honrar” a un santo o un difunto, y muchas otras. Casi todas esas manifestaciones terminan con un compartir fraterno, una comida comunitaria, aunque no sea más que una bebida, un pan, arepa con queso, y eventualmente un hervido o sancocho. Así que tenemos donde mirar, recrear y actualizar.

“Celebramos la Semana Santa de una manera verdaderamente inusual, que manifiesta y resume el mensaje del Evangelio, el del amor ilimitado de Dios. Y en el silencio de nuestras ciudades, resonará el Evangelio de Pascua. Dice el apóstol Pablo: “Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5, 15). En Jesús resucitado, la vida ha vencido a la muerte. Esta fe pascual alimenta nuestra esperanza. Me gustaría compartirla con vosotros esta noche. Es la esperanza de un tiempo mejor, en el que también nosotros podamos ser mejores, finalmente liberados del mal y de esta pandemia. Es una esperanza: la esperanza no defrauda; no es una ilusión, es una esperanza” (Papa Francisco).