REFLEXION EN EL DOMINGO XXIV -ciclo a-

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Septiembre 2020 – Pbro. Cándido Contreras

Continuamos este domingo con la meditación y aprendizaje del llamado discurso eclesial del evangelio según san Mateo; las comunidades que nos legaron este texto vivieron, como cualquier grupo humano, las limitaciones que surgen al convivir con las cualidades y las limitaciones de las demás personas.

El domingo pasado el Señor nos invitaba a reunirnos en su nombre para crecer en el ministerio del perdón; sólo con su ayuda podemos vivir libres de resentimientos y deseos de venganza; con su ayuda desatamos en la tierra para anticipar la libertad con la que viviremos en el cielo.

¿Cuántas veces debo perdonar?

Pero, como vemos en el texto del evangelio que leemos hoy, ¿se puede, y debe, colocar límite al perdón? El apóstol Pedro cree que se debe perdonar muchas veces: “hasta setenta veces”. Los apóstoles han aprendido del Maestro la generosidad; sólo que, para ellos, dicha generosidad debe tener un límite.

Lo más razonable es que quien se equivoca muchas veces, debe no solamente ser perdonado sino corregido y sentenciado. Está bien ser misericordioso, pero, como lo decimos con frecuencia, todo tiene su límite y hay que sancionar determinadas conductas con castigos.

Comunidad cristiana y perdón

La comunidad cristiana, aquella que quiere vivir la verdadera amistad con el Señor y Maestro, no es una institución como cualquier otra en la que los reglamentos de sanciones y castigos está a la orden del día; en la comunidad de Jesús el perdón debe ser sincero y permanente; el perdón cristiano no impone sanciones, no busca venganza, no promueve castigos.

Ese perdón es un don de Dios. Es un regalo que hay que pedirlo: “reunidos en nombre del Maestro”. Este regalo conlleva, aunque el texto no lo diga explícitamente, el verdadero arrepentimiento por parte del infractor y la verdadera misericordia por parte del agraviado. Esto sólo puede darse en la verdadera fe, en la auténtica esperanza y en el genuino amor.

¿Quién es puro?

¿Quién puede, auténticamente, presentarse como alguien inmaculado e impecable? Nadie. Todos somos pecadores; cada uno se sabe deudor de la inmensa e incalculable misericordia del Padre Dios. A todos nos perdona, como lo afirma el salmo proclamado en la celebración eucarística, con una infinita misericordia; ésta es simbolizada con la distancia que hay entre el espacio sideral y nuestro pequeñísimo planeta tierra.

Dolorosamente, y así lo plantea la parábola del evangelio que hoy proclamamos, los que nos decimos cristianos somos mezquinos en el perdón. Por cualquier palabra, gesto, mirada, nos sentimos agraviados y con derecho a condenar al ofensor; no hay límite en el castigo que invocamos para determinadas conductas, actitudes o palabras. Nos creemos asistidos por el derecho natural, y por un supuesto derecho divino, para imponer, a los pecadores, todas las sanciones que se nos vienen a la mente.

El Señor nos desconcierta y nos dice que podemos ser como el Padre Celestial, perdonando todo y perdonando siempre. Necesitamos la constancia en la oración para ser constantes en el perdón. Por el bien de quienes integramos las comunidades cristianas debemos ayudarnos, con la corrección fraterna y sincera, a superar los pecados. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos y debemos restituir, sanar, superar, el mal que hemos hecho. Nuestra mente y nuestro corazón deben estar abiertos a la acción divina para superar resquemores, impases, contradicciones, malentendidos y agravios.

¿Hasta dónde quiero ser perdonado por el Padre Dios? El límite lo establece cada persona con el perdón que brinde a sus semejantes.

Pbro. Cándido Contreras (Septiembre 2020)