REFLEXION EN EL DOMINGO XXV ciclo a – Padre Cándido Contreras

19

Reflexión del Domingo 20 de Septiembre de 2020

La forma con la cual el Señor Jesús trasmitió su enseñanza ha desconcertado a la mayoría de la humanidad; para quienes hemos ejercido la docencia no solo nos desconcierta, sino que nos desafía.

El Maestro más que elaborar grandes discursos, conferencias muy bien documentadas, sermones elocuentes en lo que se citan grandes autores, nos hizo presente la alegría de pertenecer y trabajar en su Reino recurriendo a sencillas parábolas.

Luego de habernos enseñado la doctrina de la corrección y el perdón mutuos, el Señor habla sobre la fidelidad en el amor matrimonial; luego, bendice a unos niños y afirma que no son las riquezas materiales las que aseguran la entrada en el cielo. Esto da pie al evangelista para hablarnos cómo es, para el Señor Jesús, estar y trabajar en el Reino de Dios.

Esta realidad no se puede explicar sino a través de comparaciones; cualquier definición sociológica, filosófica, psicológica o teológica del concepto “Reino de Dios” es deficitaria; no existen palabras humanas capaces de explicarnos en qué consiste esa maravillosa experiencia. La mayoría de las parábolas que el Señor utilizó, nos hablan de ella y nos invitan a entrar en ese dinamismo. En este domingo utiliza una muy sugestiva: el Reino de Dios se parece a cosechar uvas.

En Venezuela no tenemos la experiencia vital de ese trabajo, pues, si bien en algunas partes hay cultivos de uva, no es una fruta que se cultive corrientemente. He escuchado, leído y visto, en algunas películas, que en los países donde el cultivo de uva es frecuente, la cosecha de este producto es sinónimo de fiesta, canto, baile y diversión; el cansancio, la fatiga, el esfuerzo que se realiza en el día queda compensado, no solo por el salario devengado, por la alegría de haber participado en la vendimia.

Es de esta alegría de la cual el Señor nos habla este domingo; participar del Reino de Dios no es cuestión sólo de formalismos legales, sino de una adhesión voluntaria que se demuestra en el trabajo común, cada uno de acuerdo a su capacidad, y por el bien de todos. ¿Quién acumula méritos en el Reino de Dios? Nadie. ¿Quién merece más títulos, mayores honores, más reconocimientos en el Reino de Dios? Nadie. ¿Quién es más feliz en el Reino de Dios? Todos los que, por gracia de Dios, lleguemos allí; todos, absolutamente todos seremos felices.

Santa Teresita del Niño Jesús, tuvo la bellísima intuición de lo que es estar “llenos de felicidad”; se preguntaba: ¿Cuál vaso está más lleno, el grande o el pequeño, si los dos están llenos? y concluía que lo importante es estar lleno. Por tanto, afirmaba, todos los santos, en el cielo, son totalmente felices.

A mi modo de ver, esa explicación de Santa Teresita es la mejor interpretación de la parábola de los trabajadores que, a diversas horas, llegan a trabajar en la viña. El denario es la felicidad; quien trabaja en y por el Reino es feliz ahora, con sus limitaciones en esta tierra, y será totalmente feliz en el cielo. Allí no habrá distinciones y discriminaciones; allí todos viviremos a plenitud pues la mezquindad, la soberbia, la prepotencia no tendrán lugar.

La alegría y la felicidad del cielo, que ya podemos ir anticipando en la tierra, nos hacen vivir la divinidad; esta enseñanza y esta forma de enseñar siempre será novedosa y desconcertante. Sólo los humildes y sencillos de corazón la pueden aceptar y asimilar. ¡Qué difícil se torna llevar a las academias teológicas la sencillez y la hondura transformante del evangelio! ¡Qué paradójico resulta hacer del trabajo de Reino un lugar para discriminar o para exigir méritos por antigüedad, títulos, influencias o adulaciones! ¡Qué hermoso es el futuro celeste donde vivamos la auténtica fraternidad de los hijos de Dios!

Pbro. Cándido Contreras (Septiembre 2020)

ORACION EN EL DOMINGO XXV ciclo a

Oh amado Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo,

a Ti la gloria, el honor y el poder, por los siglos.

A Ti la alabanza y la Acción de Gracias,

por habernos creado para ser felices,

desde que nacemos, hasta la eternidad.

Nos invitas, en diversos momentos de la historia,

a trabajar en tu divina viña que es este planeta tierra;

nos aseguras el salario de la jornada: la felicidad.

Nos invitas a disfrutar de la vida en la tierra

y nos aseguras la felicidad eterna.

Quienes aceptan tu invitación,

unos a primera hora de la historia

y algunos en los momentos finales de la misma,

tienen la seguridad de ser felices.

Quienes dicen ir voluntariamente,

pero están pendientes de la vida ajena,

para juzgar, criticar, condenar y castigar,

ni disfrutan ellos e intentan amargar la vida,

a quienes no se pliegan a sus deseos,

ni viven de adulaciones lisonjeras.

Gracias, Amado Dios, por confiar en nosotros.

Gracias por permitirnos trabajar en tu viña.

Gracias por hacernos felices.

Gracias por darnos el denario de la felicidad.  Amén.

Pbro. Cándido Contreras  (Septiembre 2020)