REFLEXION EN EL DOMINGO XXVI -ciclo a- Padre Cándido Contreras

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REFLEXION EN EL DOMINGO XXVI -ciclo a-

Una de las características mas importantes de nuestra fe cristiana, sobre todo en su vertiente católica, es la certeza absoluta en la misericordia de Dios y en la capacidad del ser humano para arrepentirse, cambiar de conducta y actuar según la voluntad de Dios. Es uno de los temas, y a mi modo de ver el más importante, que resalta la Palabra que nuestro Padre Dios nos dirige como personas, y comunidades, en este domingo.

Con una pequeña parábola nos muestra cómo, por un lado, el Señor nos invita a seguir trabajando en su viña, tema sobre el cual meditábamos el pasado domingo, y cómo el ser humano puede responder positiva o negativamente a dicha invitación. A lo largo de los siglos, muchos han afirmado ser creyentes porque con sus palabras afirman cumplir con la voluntad de Dios; en esas palabras pueden estar incluidos los ritos que hacen para exhibirse, para cosechar aplausos y encontrar reconocimientos. Otros, nos dice la parábola, dicen no ser creyentes, no practicar ninguna religión, pero son incansables en hacer el bien al prójimo; en pensar y hablar bien de los demás, en cuidar la creación entera, en defender y promover la vida.

La religión cristiana no es cuestión de palabras sino de obras; la verdadera obediencia a Dios va más allá de las palabras. Tanto en el tiempo del Señor Jesús, como a lo largo de la historia humana, muchas personas pretenden, y se conforman, con reducir la fe religiosa a recitar unas plegarias, escenificar unos ritos, a decir o escribir bellas palabras. Otros, en esa misma línea, hacen de la religión un compendio de normas morales o rituales; para quienes incumplen esa normativa, las amenazas y castigos se proclaman a gritos. La religión reducida a palabras es inhumana y daña, tanto al ser humano, como a la creación entera.

La parábola nos invita a la práctica de la religión sincera; a pasar de las palabras a las obras, y, sobre todo, a creer en el arrepentimiento sincero de nuestros semejantes. La fe cristiana utiliza palabras, oraciones, ritos, normas, pero siempre las relativiza porque sólo el Señor sabe lo que hay dentro de cada persona. Cuando el Señor Jesús les hablaba a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, destinatarios directos de la parábola, les dice que muchos a quienes ellos juzgan y condenan como los peores pecadores, son capaces de conversión y de seguir los caminos de Dios.

Ya en tiempos del profeta Ezequiel (siglo VI a.C.) se tenía como norma que el pecador iba a ser pecador para siempre, sin ninguna posibilidad de enmienda; y el justo sería santo para toda la vida, pues sus méritos se iban acumulando de tal forma que al final, aunque se equivocara alguna vez, siempre tendría ganancias a su favor. El profeta habla a los creyentes que Dios no es injusto cuando perdona al pecador arrepentido o cuando deja que el justo, en apariencia, siga el camino errado cosechando su propia condenación. Siempre es fácil erigirnos en jueces de la virtud o del vicio ajeno; siempre será difícil hacer examen de conciencia, tener dolor de corazón, hacer propósito de la enmienda y seguir los caminos de Dios.

La carta a los Filipenses, que hemos proclamado en la celebración eucarística, nos ofrece el camino para vivir llenos de comprensión y misericordia para con los demás. San Pablo nos invita a ser humildes y sencillos, contemplando la vida del Señor Jesús, haciendo nuestras, las actitudes del Maestro. La rivalidad y la ostentación, el vivir encerrados en los propios intereses, nos alejan de la paz, la alegría y la misericordia. Hoy nos apropiamos la oración del salmista; con humildad, insistencia y perseverancia repetimos: “Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna”; lo repetimos no porque al Señor se le olvida ser misericordioso; somos nosotros los que olvidamos ser misericordiosos con los demás. Por otra parte, el maligno enemigo no se cansa de hacernos recordar los pecados ajenos y los propios; nos cuesta mucho creer que el Señor ha perdonado a nuestros semejantes y que nos ha perdonado a nosotros; nos cuesta creer que nuestros semejantes hacen serios esfuerzos por ser mejores y corregir sus conductas erradas, lo mismo que lo intentamos nosotros.

Perdonar y ser perdonados, pues estamos sinceramente arrepentidos, es un hermoso regalo de nuestra fe; no permitamos que los resentimientos, leyes inhumanas, tradiciones culturales o falsas concepciones religiosas, nos aparten de la belleza de nuestra fe y de la auténtica humanización de nuestra historia.

Pbro. Cándido Contreras (Septiembre 2020)

ORACION EN EL DOMINGO XXVI -ciclo a-

“Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna”

es la oración de tu iglesia en este domingo;

es la oración que desde hace muchos siglos

vienen repitiendo muchos creyentes

que, al saberse pecadores,

sienten la necesidad de tu ternura infinita.

Hoy Tú, amado Señor, pareces devolvernos la plegaria:

nos dices: “Hijo mío, recuerda que eres mi imagen y semejanza;

recuerda que puedes ser comprensivo y misericordioso;

recuerda que sólo perdonando puedes obtener perdón”.

Al contemplar hoy la vida, pasión, muerte y resurrección,

del Señor Jesús, tu amado Hijo y nuestro Maestro,

queremos ser humildes y sencillos,

dejar de obrar por ostentación o envidia,

y tener entrañas compasivas y misericordiosas,

para ser vivas imágenes de tu Divina Bondad.

Que tu Santo Espíritu, Dios de Misericordia,

siga realizando esta labor de recordarnos

quiénes somos y a qué estamos llamados.

Que tu Santo Espíritu, Dios de Misericordia,

nos recuerde siempre la bienaventuranza:

“Dichosos los misericordiosos

porque ellos encontrarán misericordia”. Amén.

Pbro. Cándido Contreras (Septiembre 2020)