REFLEXION EN EL DOMINGO XXVIII -ciclo a- Padre Cándido Contreras

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Las parábolas que el Señor Jesús dirigió a los dirigentes religiosos y sociales de su tiempo, agrupados como sumos sacerdotes y senadores del pueblo, trascienden las personas, instituciones y condicionamientos históricos; las mismas, siempre llegan hasta nosotros como anuncio y desafío a nuestra manera de vivir la fe, la esperanza y la caridad. A semejanza del domingo pasado, en este domingo leemos cómo el Señor al proponer la parábola invita, en último término, a la conversión.

Como todas las parábolas, la que meditamos hoy, tiene muchas vertientes; parafraseando al Papa Francisco podemos llamarlas poliédricas; son muchos los aspectos que toca y son diversas las invitaciones que contiene. Me parece importante resaltar que de alguna forma la presente parábola nos habla de la plenitud de la vida en el cielo; el término “Reino de los cielos” puede ser asumido como “vida eterna o vida en el cielo”.

¿Cómo podemos imaginar el cielo? Como una fiesta que no acaba; no una fiesta de corte estrictamente religioso/piadoso, sino una fiesta que asume todos los aspectos de la vida: la reunión de muchas personas; el matrimonio como prolongación de la vida; el banquete como afirmación del creer en la vida; junto a ellos los otros aspectos del banquete de bodas de aquel tiempo, y del nuestro, música, baile y licores. Si bien san Pablo nos advierte que no podemos imaginar lo que Dios nos tiene preparado (1 Corintios 2,9), la imagen que nos presenta es sugerente para esperar con ilusión el reencuentro con nuestros seres queridos en el cielo. Quien termina la peregrinación por esta vida, si ha optado por el bien, empieza a disfrutar para siempre de la fiesta eterna.

Un segundo aspecto para señalar es que el Buen Dios invita, pero no obliga a nadie a participar en la fiesta; el cielo es una realidad a la que estamos invitados a participar, pero quien no quiera aceptar el llamado, Dios respeta la decisión. En esta, como en otras parábolas, aparece el castigo recibido por quienes no aceptan; pero no es un castigo vengativo por parte de Dios; son un autojuicio y autocondenación por parte de la persona que no acepta la propuesta divina; esa opción conlleva frustración eterna; ciertos eventos de fracasos históricos son asumidos por los creyentes como consecuencia de la no aceptación a la invitación de Dios.

Un tercer aspecto gira en torno a cómo la voluntad de Dios es perseverante; de alguna manera podemos afirmar que Dios, como Padre Bueno, quiere que todos sus hijos participen de la fiesta que Él ha preparado para todos los seres humanos; si bien, algunos rechazan, otros si aceptan el llamado. Es interesante que el Señor quiere que su casa esté llena; no hay discriminación; buenos y malos podemos entrar a esa fiesta. Dios nos envía a ser testigos de la alegría de la participación en su Reino; cada creyente es un enviado a invitar a otros a participar de la plenitud de la vida.

Otro aspecto es que, desde siempre, algunos han sentido que otros los quieren obligar a celebrar la vida; muchos no quieren celebrar, se niegan a ser felices, quieren vivir amargados y amargarle la vida a los demás. El amargado no quiere hablar, se niega a dialogar, vive por vivir, pero no goza viviendo con los demás. La figura del amargado es paradigmática en esta parábola; no quiere hablar, no quiere compartir, no se quiere vestir de fiesta, no quiere estar alegre.

¿Cómo será la vida eterna de quienes han optado por no vivir la alegría de la fe? Será el llanto y el rechinar de dientes; no es fuego eterno interminable, sino frustración amarga; es opción libre de vivir para siempre tristes, amargados, frustrados, llenos de rabia, envidia y deseándole el mal a los semejantes.

Un último aspecto, a mi modo de ver, es la sentencia con la cual se cierra la parábola: “muchos son los llamados y pocos los elegidos”. El Señor llama a todos los seres humanos de todos los tiempos, de toda raza, de toda cultura, de todas la religiones. Dolorosamente muchos no aceptan el llamado; quienes promueven la muerte, la destrucción de los seres humanos y de la creación, niegan, en la práctica la vocación a la felicidad. Tal como lo señala el Papa Francisco en su Carta Encíclica “Todos hermanos”, el fracaso de un solo ser humano se siente como el “fracaso de muchos”. Quisiéramos que toda la humanidad se abra al llamado a la felicidad; nos duele que algunos se cierren a dicho llamado; bendecimos al Señor por el llamado que nos hace y le pedimos la gracia de ser consecuentes en nuestra vida.

Pbro. Cándido Contreras (Octubre 2020)

ORACION EN EL DOMINGO XXVIII -ciclo a-

Nuestro corazón, Señor Dios, Padre del amor eterno,

se llena de alegría y agradecimiento,

porque no te cansas de invitarnos a celebrar la fiesta eterna

en unión con todos nuestros semejantes, nuestros hermanos.

Gracias Padre Dios por tu Hijo Jesucristo

quien, por medio del Santo Espíritu,

nos invita a cada instante al banquete de la vida.

Gracias, Padre Dios, porque nos vistes con el traje festivo.

Gracias porque a tu casa pueden llegar los buenos

y están abiertas las puertas para los que han hecho el mal.

Gracias por darnos la oportunidad para arrepentirnos

y para cambiar nuestro estilo de vida cuando hemos fallado.

Gracias por hablarnos por medio de tu Amado Hijo

de la belleza que es la vida eterna,

como lugar de encuentro feliz con las demás personas

y como el sitio donde nos sentiremos realizados plenamente.

Gracias, Padre Dios, porque también nos adviertes

que podemos frustrar estos hermosos planes

y vivir amargados para siempre.

Concédenos la gracia de tu Santo Espíritu

para ser incansables en hacer el bien a los demás.

Pbro. Cándido Contreras (Octubre 2020)